Carlos Riveros

Uno de los factores más dramáticos de la pandemia, más allá de la incertidumbre y lo desconocido, es la sensación de aislamiento, que deviene de la aceptación de seres individuales que sobrevivimos en una biota colaborativa. Sin esta, nos alienamos, nos estresamos, nos deprimimos. Nos dimos cuenta que somos tanto isla como continente. Interdependientes.


Obra

“Isla Roja”. Pintura digital / 21 x 17 cm.


Detalle de la obra

Carlos Riveros Grospelier

Nací en un campamento minero del norte chileno hace 49 años, donde di mis primeros pasos como dibujante, incipiente semilla de artista en tan agreste territorio. Llenaba cuadernos de manera compulsiva con mis “monos” y devoraba enciclopedias. En 1989, y a sugerencia de mi querido profe de artes, me fui a estudiar diseño gráfico. Los nuevos aprendizajes, conocer nuevas personas y una geografía distinta impulsaron el comienzo de un proceso formativo que alentó mis talentos y despertó otras inquietudes expresivas relacionadas con la imagen, como la ilustración, la pintura y la fotografía. En el año 2000 comencé a hacer clases en una universidad y se potenciaron mis aptitudes creativas y sensibilidad artística. Empezó mi búsqueda experimental, así como mi participación en distintas exposiciones colectivas, hasta que en el 2010, en un viaje a un territorio particular, sentí que la fotografía complementaba mi deseo de comunicarme con imágenes. Sin abandonar el dibujo, que me encanta, ni la pintura, me he dedicado a experimentar con distintos medios de manera intensa y autodidacta, buscando ese anhelado propio lenguaje, aunque quizás lo que más me mueve es la sensación que produce la desconexión de lo habitual, de lo cotidiano, siendo un proceso introspectivo magnífico y profundamente reflexivo. Algunos le llaman meditación activa, yo, colgándome de una frase leída por ahí, le llamo “poesía del deleite”. Van 20 años de dibujar libremente y también por encargo, de hacer muchas fotos malas y otras acertadas, pero siempre creando, experimentando y sobre todo disfrutando. No tengo predilección por ningún tipo ni categoría artística, pero la naturaleza y la figura humana me seducen desde pequeño, también esos “paisajes” que se ocultan en los vericuetos de nuestros espacios habitados, detalles que obviamos, pero que se tornan en fantásticos “paisajes suspendidos”. Ahora vivo en el sur, en la Patagonia, y siento con especial sensibilidad la paradoja de ser liminal; de estar tanto acá, como allá. Un pensaminante liminal que sigue el consejo de Thoreau: “es más importante ver, que mirar”.

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